domingo, 17 de abril de 2011


Breathe the air through the water ♫


Llueve. Llueve con fuerza constante. El cielo es gris. Chato. Entre mí y el cuarto en el que me esperan hay un patio inmenso, extenso, con baldosas de dos colores. Un tablero de ajedrez atlantis.
Las gotas golpean con intensidad: disparos en el agua que se acumula. Y para llegar tengo que cruzar el patio. En la parte más cercana al cuarto hay un techo bajo, muy bajo. No puedo cruzarlo estando parada.
Entonces me hecho a correr muy rápido. Recorro el primer tramo escapando de las gotas y me zambullo en el suelo mojado. Reptando como un soldado evito el techo. El agua es fría y está oscuro. Me molesta mojarme.
Cuando llego, el cuarto está inundado.
No hay nadie.






4 comentarios:

Nico / Nicolino dijo...

me encantó.
quizás no pueda evitar que te zambullas y te mojes... pero, si no te gusta mojarte te presto una toalla... eso hacemos los amigos, no?



beso celes!

Rayuela dijo...

no hay nadie?
miraste bien?
puede ser que alguien esté agazapado, casi soñando.
prendo la luz.
hay una gotita...plaf*

JuanSe dijo...

Y si de pronto esas gotas están sedientas de besarte y lloran cuando te les escondes??

Un besazo...

Juls dijo...

La antigüedad clásica no conoció los espejos. Los sirios inventaron el vidrio soplado cien años antes de Cristo. Pero se trataba de un vidrio opaco. Recién en el siglo XIII, en Venecia, se pudo obtener vidrio totalmente incoloro y transparente.
Las técnicas eran absolutamente secretas. Los artesanos trabajaban en una isla muy vigilada y las penas para los infidentes eran de la mayor severidad.
En 1291 los venecianos descubrieron que si se revestía el vidrio con una lámina de metal se obtenía una superficie cuyos reflejos eran nítidos y luminosos.
Durante muchos siglos, las personas sólo podían mirarse en el reflejo de las aguas quietas o en superficies de metal pulido.
Pero como la quietud de las aguas no eran frecuentes y el metal pulido era demasiado oneroso, casi nadie conocía su propio aspecto. Las noticias que uno tenía cerca de su fealdad o belleza provenía de testimonios ajenos, siempre teñidos de subjetividad, cuando no de malicia.
El padre Sallinger aseguró en el siglo XVIII que el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no siempre estuvieron incomunicados. Hace muchos siglos ambos reinos vivían en paz y eran diversos, es decir, no coincidían como ahora sus formas y colores. Los espejos no era sino puertas que comunicaban un reino con otro.
Pero un día la gente del espejo invadió la tierra. Hubo una larga lucha y finalmente el Emperador Amarillo derrotó a los invasores. El castigo que les impuso fue horroroso: los encarceló en los espejos y los obligó a repetir todos los actos de los hombres.
Así están las cosas ahora. Pero un día la gente del espejo volverá a rebelarse.
Primero advertiremos algunas imperfecciones en los reflejos. Después oiremos sonidos extraños hasta que un color no parecido a ningún otro señalará el comienzo de la nueva invasión. Las barreras de vidrios se romperán y esta vez la gente del espejo vencerá.
Es probable que los sucesores del Emperador Amarillo ejerzan vigilancia permanente sobre el mundo del espejo. Quién sabe qué clase de atentos guardianes estarán pendientes de la mínima heterodoxia de las imágenes para dar la voz de alarma. Tal vez la rebelión esté próxima y también la venganza. Acaso pronto conozcamos la horrible la condena de repetir servilmente los movimientos ajenos.
Pero en este último instante aparece una idea perturbadora. ¿Quién nos asegura cuál es exactamente nuestro lado en el espejo? ¿Quién puede jurar que decide sus movimientos?
Cabe la ansiada posibilidad de que otros estén tomando nuestra decisiones sin que nosotros nos sospechemos siquiera. Y quizá hasta nuestro más soberano grito de libertad no sea sino el cumplimiento de unas conductas que amos desconocidos nos imponen.
En ese caso el color misterioso no debe ser para nosotros una posibilidad alarmante sino una esperanza. ¡Que tiemble el Emperador Amarillo! La hora de la venganza suena sólo para los derrotados.

Alejandro Dolina.

Y tu blog, lindo!

Juls.